De abogados y otros desencantos
24 Junio, 2008
Los seres humanos somos racionales… y también sensibles.
Por tanto, y sin pretender circunscribirme a una postura reduccionista, somos capaces de un conocimiento teorético y otro práctico.
Habitualmente y según los modelos cognoscitivos actuales, uno se hace una idea de algo y la modifica –deformándola o perfeccionándola– cuando efectivamente en la práctica la “aprehende”, realiza la actividad o ve en los hechos lo que en primera instancia había pensado.
Con mi carrera universitaria me pasó exactamente eso… agravado, desde luego, pues la creí –y la creo– mi vocación.
No ahondaré en la controvertida temática de cómo enseñar y aprender abogacía (y consecuentemente qué diantres hacer en los cuatro, cinco o seis –o más– años que uno estudia) sino en la idea de la abogacía que yo me formé. Mejor dicho, la idea del ejercicio de la abogacía; lo primero será materia de entradas futuras.
Mi idea de ejercicio de la “abogacía” nació con mayúscula. Algo pasó en el medio para que hoy comience con minúsculas; y no es culpa, debo confesar, de la abogacía en sí sino de los abogados.
A medida que fui, como estudiante, adentrándome en la realidad del ejercicio profesional liberal, mi vocación de ejercer como el clásico abogado se fue disipando hasta desaparecer.
No es la fatal consecuencia real de todo pecado idealista de ingenuidad: desde el principio asimilé que el mundo del abogado apesta. No puede ser de otra manera… son administradores del conflicto ajeno (cuando no y maliciosamente, creadores). Luego me topé con la patética y asquerosa realidad de la corrupción de las almas y la lógica depreciación de la profesión.
Pero perseveré e insistí en la posibilidad teórica de ejercer limpiamente mi ministerio. Hasta que caí en la cuenta que es imposible sustraerse a la corrupción, pues de una u otra manera siendo honesto, lo alcanza… o recibe amenazas o no tiene trabajo, pasando por la desidia de no hacerle lugar a planteos judiciales razonables o que los propios colegas hurten los expedientes.
Mi teoría del ejercicio profesional se amoldó, deformándose, a la práctica. Y, en sinceridad… no me interesa ejercer en un mundo de cuervos.
Resumiré las ideas que fueron resultado del proceso de decantación cuando me tomé la tortuosa tarea de analizar qué me había llevado a contraer mi vocación:
- los abogados no se preocupan por el cliente. Incluso, hasta lo desprecian… tratan mal y con desinterés la fuente de trabajo, sobre todo si no les paga lo que creen que deben recibir por hacerle más complicada la vida. Utilizan los procesos judiciales como generadores de riqueza malgastando tiempo y recursos cuando podrían resolver la cuestión sin ir a juicio… pero claro, cobrarían menos (en apariencia, porque el asesoramiento preventivo se cobra bien y en el acto, con menos tiempo de trabajo).
- los abogados son los principales evasores tributarios. Es inmensa la cantidad de profesionales liberales de la abogacía que están inscriptos en el monotributo, un impuesto único para contribuyentes que no ganan más de $ 6000.- al mes. Hay abogados que ganan menos y están bien inscriptos, desde luego; pero son ampliamente superados en número por los “monotributistas” que manejan Audis y tienen casas de fin de semana… Lo dicho precedentemente vale para los que están inscriptos en algo, cuanto menos. Piensen en todos los que no están inscriptos o que ni siquiera dan factura (sí, los abogados están obligados a dar factura).
- los abogados son los principales actores de fraude laboral. Casi ningún abogado, por no decir ninguno, tiene registrados a los empleados que trabajan para él o ella. Encubren una relación de dependencia de incluso más de ocho horas diarias con una locación de servicio y pagando por ello en negro sueldos paupérrimos, inferiores al salario mínimo, vital y móvil (actualmente $ 980.-). Desde ya no pretendan obra social o recibo de sueldo…
- los abogados tratan indignamente a sus empleados y fomentan el trato indigno. Efecto de lo anterior. ¿Les pegan? ¿los insultan? ¿abusan sexualmente de ellos? no. Bah… figuradamente no (y exceptuando los casos en que sí ocurren esas atrocidades), porque el pagarme en negro menos que el salario mínimo por una jornada máxima de diez horas diarias, lo considero trato indigno. Es una afrenta directa a mi valía como ser humano. Para peor, desde el principio el estudiante es aleccionado sobre ésta forma de trabajar; se sabe que en las facultades de abogacía se enseña mal y todos se aprovechan de ello: toman estudiantes en las patéticas condiciones descriptas con el pretexto de que “el pibe” o “la piba” están en el estudio “para aprender”, resultando una excelente mano de obra barata. Como si no existiera legislación alguna sobre pasantías laborales… El colmo viene cuando el estudiantado se acostumbró a esto y tiene internalizado que es el curso normal y ordinario de las cosas para entrar en el mundo abogadil. Se acaban de legitimar socialmente los fraudes fiscal y laboral y el trabajo indigno con el pretexto de que “el pibe está aprendiendo”.
Como si todo esto no fuera suficiente, están los que ofrecen y pagan coimas, los que les son desleales al cliente arreglando con el colega que patrocina a la contraparte por más y haciendo figurar los acuerdos por menos, los que hurtan expedientes, los que los destruyen, los que esconden evidencia, los que integran asociaciones ilícitas con el cliente, los que asesoran delinquiendo… todo completado por un largo etcétera de similares faltas a las descriptas, sumado al cómplice comportamiento de jueces, fiscales, defensores y derivados que tratan de igual manera a sus empleados y cometen los mismos actos reprochables desde la moral, la ética, el derecho civil, el derecho penal y cualquier otro códice normativo, positivo o no, que se les ocurra.
¿Formar parte de eso? No, gracias. ¿Convivir con todo eso sin formar parte? No, gracias.
Uno podría pensar: “pero podés trabajar para cambiar las cosas”. Por un tiempo lo creí, pero la propia práctica se encargó de arrebatarme la ilusión: nada cambia. Los agentes del mantenimiento del status quo, ni bien se ven amenazados, actúan, contando con las estructuras capaces de ahogar cualquier iniciativa de cambio, por más mínima que sea. En lo que me vincula, tiene su parte un Colegio de Abogados que no sólo permite el trato indigno hacia los colegiados que señalé oportunamente, sino que contrariando los fines para los cuales la institución fue creada lo fomenta. Es más: ninguna lista de candidatos da cuenta de esa explotación como estandarte de campaña, siquiera…
¿Ven cómo una mano lava a la otra y las dos lavan la cara?
Concluyendo, habrá uno menos el día de mañana. Ojalá Dios y mi título, habilitante para mutar en cuervo y no para ejercer la Abogacía, me permitan vivir de otra actividad.
Dedicaré estas palabras finales no a reforzar mis ideas que estimo están bastante claras, sino a confesarles, plomeros, carpinteros, arquitectos, periodistas, contadores, ingenieros, amas de casa, obreros de la construcción, empleadas domésticas, en fin, a todos ustedes, no abogados, que cuando dice la gente que los abogados son cuervos tienen toda la razón. Me da vergüenza que los abogados hayan trabajado tan incesantemente para ganarse los peyorativos apodos que hoy tanto merecen.
Ojalá nunca necesiten un abogado; esfuércense por no necesitarlo. Hagan todo conforme a la ley, aunque en el momento les parezca caro… si proceden irregularmente les va a salir realmente caro, “el crimen nunca paga” ¡y mucho menos si un abogado les gestiona el pago!.
Pero si alguna vez lo necesitan, por favor:
Pidan factura por los servicios. Hagan que tenga que pagar impuestos, aunque sea por su propio trabajo, para que le saquen la ganancia que no les paga a sus empleados.
Persíganlos. Exijan que les rinda cuenta de sus procesos. Tómense el trabajo de llamar por lo menos una vez a la semana para conocer el estado de sus causas. Evitarán que les mienta.
No firmen ningún acuerdo ofrecido por el abogado. Si les ofrece uno, digan que lo van a pensar y mientras tanto comuníquense con la contraparte personalmente. Arreglen entre ustedes, siempre les va a salir más barato.
No le crean. En ningún momento. Recuerden que ellos mismos les vendieron su “lealtad” pactando honorarios; sólo les serán leales mientras les paguen más que la contraparte.
No es resentimiento contra mi casta… simplemente una advertencia para que ustedes, no abogados, no caigan en la trampa. A fin de cuentas, tienen los cuervos bien merecido que un hijo pródigo escupa sobre sus alfombras y cultive la semilla enemiga.
El Canciller
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