Confesión (*)
30 Julio, 2008
Un agresivo ruido de chicharra quebró la pasividad del lugar. La puerta se deslizó, rechinando. Cruzó el umbral y miró hacia atrás. De nuevo, al compás de la estruendosa chicharra, la puerta de acero reforzado se cerró. Entre ella y la compuerta que lo conduciría a la galería de celdas, se extendía un pasillo blanco y amplio, tan inerte y vacío como todos los ambientes de aquélla prisión.
Veinte metros de un espacio donde el aire, de sofocante densidad, ahogaba. Las ventanas de la derecha concedían rayos de sol al desértico y desolado pasillo. Pero no eran suficientes para asesinar el aroma a angustia que allí reinaba; y la entrada del sol, así, no era más que un intento inútil por querer recordar que había todo un mundo del otro lado. Mas el mundo de los que dormían en las celdas, se terminaba en la puerta blanca de acero reforzado.
Avanzó lentamente, irrumpiendo con su cuerpo en ese aire hostil y desdichado. Allá, pasando la compuerta, no se divisaba nada. La única forma de ver la galería de celdas era ingresando en ella.
Llegó hasta el umbral y aguardó un instante. Suspiró y miró alrededor. Segundos después, una nueva chicharra atacó al ofuscante silencio, y la compuerta… comenzó a deslizarse lentamente, invitando a pasar.
Cuando estuvo completamente abierta, ingresó en la galería de celdas.
Nada distinto de lo que había presenciado: una vez más, el color blanco saturó la visión. Y allá arriba, a varios metros de altura, las ventanas -otra vez- dejaban que Febo se hiciera presente. ¿Para qué? si a fin de cuentas, no simbolizaba más que un mundo de luz que para los convictos privados de su libertad, era inalcanzable. Tan inalcanzable como al niño le resultan las fantasías que imagina: lo único que puede hacer, es soñar vivir en ellas.
Suspiró. La chicharra anunció que la compuerta estaba cerrándose. Se desabrochó el saco, estaba comenzando a sentir calor. Sin duda, por la constante luz del sol y las pocas salidas de ventilación que la galería contaba. ¿Alguna forma sutil de tortura psicológica para quiénes allí moraban? No podía descartarlo. Vaya prisión en la que había caído su cliente.
Mientras caminaba hacia el recinto A-8, cerramiento de su defendido, se sacó el saco y aflojó la corbata a rayas. Realmente la temperatura era bastante sofocante.
Casi llegando a la celda, se dio cuenta que todas las demás estaban abiertas. Claro, no había ningún preso en ellas; de ahí que no fuera necesario mantenerlas cerradas. Y justo cuando se iba a preguntar si su cliente era el único recluso, una fuerte risa de mujer se escuchó en todos los rincones de la galería. Miró alrededor, sin poder encontrar a la persona que había pronunciado tal sorpresiva risa. No pudo dejar de asombrase, e inmediatamente después, para su mayor desconcierto, se escuchó una frase que también retumbó en todos los recovecos del recinto. Era la misma voz.
Segundos después, otra frase distinta. Estaba ahora seguro: la mujer que hablaba y reía, era una sola. Pero no estaba cerca. ¿Cómo llegaba su voz hasta ese lugar cerrado, hostil y solitario? ¿Acaso era un truco para volver loco al desdichado reo que fuera allí privado de su libertad?. De una u otra manera, de algo estaba ya convencido: tenía que sacar a su cliente de esa dependencia, o acabaría con su psiquis.
Hizo caso omiso de las nuevas risas y frases de la voz de mujer, que por cierto, le pareció muy dulce. Avanzó hasta la celda A-8.
El encuentro fue abrumador: nomás cruzaron miradas, la tensión cobró vida en la distancia que los separaba. Casi el tiempo se detuvo, y durante varios instantes defensor y defendido, se estudiaron recíprocamente.
De traje, saco en mano, prolijamente elegida la combinación; mirada agresiva y un caminar tan avasallador como una tempestad. Su defensor.
Con un conjunto marrón claro, un número de serie en la solapa izquierda, la camisa blanca y un vendaje sobre el corazón, manchado de sangre. Su defendido.
La celda estaba abierta. “Gracias por venir” aventuró, con las primeras palabras, el recluso. Se levantó de la cama donde estaba sentado, lentamente acomodó dos sillas, y las puso enfrentadas. “Tome asiento, por favor” pidió el homicida.
Ya sentados frente a frente, el defensor preguntó: “¿Se encuentra usted bien?” pues había notado la lentitud de movimientos, como si el cuerpo estuviera débil o quizás, entumecido. “Lo encuentro un tanto… apagado”.
Con una mueca de resignación y suspirando, el defendido vaticinó: “Se hace lo que se puede. Debo agradecer que esta herida no me haya quitado la vida. La he visto sangrar demasiadas noches ya, y con cada gota, sentía que un poco de mi carácter iba perdiendo su vitalidad… como la rosa que sin agua se marchita y muere, así sin mi sangre, me iba marchitando yo mismo”. Con cada palabra, señalaba con sus manos el vendaje de gasa blanca coloreado de escarlata.
“¿Cómo ha sucedido esto? ¿lo han atacado? ¿porqué no dio aviso al cuerpo médico? Debió llamarme antes, todo este desastre se pudo haber evitado. O al menos, pudimos haber escapado de este trágico desenlace”.
El defendido sonrió. “No quiera parecer iluso, sabe muy bien que soy el único preso en esta prisión; y también sabe que por aquí, no hay atención médica. Y aún cuando vaya a preguntármelo, sabe usted también porqué me sangra el corazón”.
Otra vez, la voz de la mujer resonó, como si fuera el broche de oro de las palabras del recluso. Ya no se trataba de un truco o maniobra de control psicológica. Esa mujer era el epicentro y la causa de la desgracia del defendido.
“Suena como si se hubiera cansado de los rodeos. Me parece bien. Creo que, principalmente, los rodeos y juegos estúpidos han sido los artífices de su propio encierro. Si no hubiera sido tan necio como para no ver la realidad tal cuál se le mostraba, quizás hoy gozaría de la libertad que el sol, a través de las ventanas, le promete”.
“Tiene usted razón. Ahora viene a mí todo con una claridad que no me permite desviar la mirada. Ya no hay donde desviarla. Pero si usted comprendiera… no fue mi culpa. Él se apoderó de mí; estaba tan consternado que aprovechó mi debilidad y tomó control de mis acciones”.
“Igual, debió escucharse a sí mismo antes que concatenar su razonamiento con los impulsos de su instigador. Sabía quién lo instigaba y lo que le estaba proponiendo, y no obstante, optó por seguirle los pasos. Claro, era más fácil que enfrentarse a ella, ¿verdad?”.
“Verdad” confesó el asesino, con la mirada triste. Se llevó la mano derecha al corazón… estaba sangrando de nuevo. “Fuí esclavo de mis impulsos; ellos me nublaron el juicio crítico. En lugar de escucharme a mí mismo, escuché al instigador. Y tomé la daga del silencio y… sí, lo hice. Sí, yo la asesiné”.
“Veo que ahora estamos progresando, es positivo que no tenga ancla que le impida confesar sus errores”.
“Oh, no se crea” contrarrestó el homicida, sonriendo irónicamente. “No le quepa la menor duda de que con cada palabra de esta confesión, la angustia y la culpa me gobiernan. Es como si volviera a tomar la daga y la asesinara, una y otra vez”.
“Pero ella no está muerta. Yo mismo la he estado escuchando desde que llegué. ¿Qué asesinato ha cometido, si su víctima no ha muerto?” inquirió el defensor.
“Vamos, no juegue conmigo. Sabe que porque no pude tenerla, deseé fervientemente que ningún otro hombre la tuviera. Pero, ¿cómo podía evitarlo? La única salida que tenía era… matarla. Quizás, si dejaba de existir en mi mente, podría dejar de existir en mi corazón”.
“Pero sucedió lo contrario: le enterró la daga del silencio y en lugar de desaparecerla, la convirtió en el fantasma de su homicidio. No se alejó de su corazón, peor aún: lejos de sangrar por la herida que le profirió la puñalada, contribuyó a separar su existencia real del espejo en su mente. Ahora su sombra le persigue por los senderos de su propia psiquis, y finalmente lo ha recluído a esta prisión. Ella, su sombra, es la carcelera y guardiana. Ella es quién trae el eco de las voces de la mujer”.
“Brillante… me ha arrebatado el peso de tener que explicarlo yo mismo” felicitó y agradeció el homicida. “Jamás imaginé que en lugar de asesinarla, fuera a darle vida propia dentro mío. Mi deseo de separarla la acercó aún más”.
“Volvemos a lo mismo: dejó de escucharse, y prestó convicción a los impulsos del instigador. Él no mide consecuencias, actúa siempre por reacción. Usted lo sabe. Desde luego, es más fácil y menos prejuicioso actuar según el impulso, manejarse con lo primero que le brota de adentro, que ponerse a pensar en el impacto que sus acciones pueden llegar a tener y asimilarse responsable. He aquí la clave: obró de propia voluntad de acuerdo a la voz del instigador, y muy en lo profundo quiso descargar su culpa y responsabilidad en él. Pero no es él quién hoy está prisionero de sus propias acciones. No es él a quién la sangre le mana del corazón a borbotones. La única manera de salir de este lugar es asumir su responsabilidad”.
La mirada del convicto era ahora atenta y vacía. Vacía pues esperaba llenar sus pensamientos con la solución que le brindaría su defensor. ¿Asumir la responsabilidad? ¿cómo habría de hacer tal cosa? Si justamente por ser responsable estaba hoy privado de su libertad.
“No comprendo. Ya desde hace mucho sé soy responsable de que la sombra de mi amor no correspondido me persiga. Por querer enterrarla en el silencio, lo único que logré fue construir su reflejo en mi interior; que a cada momento me reprocha justamente, la responsabilidad. La propia presencia de este fantasma en mi cabeza es la evidencia irrefutable de mi culpa y responsabilidad. No sé a qué se refiere”.
“Yo creo que lo sabe muy bien… pero no quiere aceptarlo” dijo el defensor, con un tono de voz frío y duro. “Usted es su propio juez, sus pensamientos son su propia prisión. Y ha sido usted mismo quién con el puñal del silencio, arrebató la sombra de su amada… la sombra no es suya, debe devolverla; su voluntad no puede poseerla. Hasta tanto no retorne el fantasma a su dueña, la sombra -aquí dentro- lo poseerá a usted. Yo no puedo defender a alguien de sí mismo: la llave para salir de prisión está en su propia voluntad. Libérese de esta pesadilla, confiese su homicidio”.
“¿Confesarlo? ¿ante quién? si afuera todos conocen los detalles de esta tragedia”.
“¿Todos?” preguntó el defensor, con mirada perspicaz y tono irónico. Sabía que su cliente se estaba engañando a sí mismo.
“Sí, todos… incluso, saben lo que siento por ella antes de que la asesinara. Ha sido un crimen pasional, ¿no puede verlo? Por mi amor la asesiné…” dijo, desviando la mirada hacia las ventanas de allá arriba. La gasa del pecho, estaba cada vez más teñida de sangre. Pero el homicida tragaba su dolor, y no dejaba que la expresión de su cara diera cuenta de la herida del corazón que el amor no correspondido de esa mujer, la dueña de la sombra, le había abierto.
La sangre, privada de aroma en la realidad, apestaba al perfume de esa mujer. Incolora en el mundo de allá afuera, aquí mostraba un tinte escarlata profundo… como la pintura de labios que alguna vez esa mujer había usado. Insípida para el resto de la gente, la que brotaba del corazón del homicida tenía el gusto del beso que nunca pudo compartir con la amada. Y con cada gota que se escapaba del torrente sanguíneo del cuerpo del asesino, la voz de la mujer resonaba en todos los cimientos de la prisión.
“Deje de jugar. Si quiere volver a sentir libremente, debe confesar su crimen a la propia víctima. Devuélvale la sombra que le arrebató; cuéntele porqué se sirvió del puñal del silencio para apagar el fuego que sólo puede ser extinguido de una manera. Esta condena no tiene su razón en el crimen, sino en su voluntad de no amar a nadie más que a ella…”.
“Pero… ¿qué me está diciendo? si estoy aquí preso, en las manos de la sombra, por los sentimientos que cubrí con un manto de silencio”.
El defensor rió.
“No sea necio. Usted no puede tolerar que el corazón de esa chica haya elegido a otro hombre; y prefiere no dirigirle nunca más la palabra para matar el amor que siente. Mas, ¿no se da cuenta que el amor no se trata de guardar celosamente el tesoro? Si ama a alguien, tiene que entregarse a esa persona; el amor es darse al otro hasta no tener conciencia de si vive solo, o si respira junto a su pareja. Y desde donde estoy parado, usted ha hecho del amor una cuestión unipersonal: se cerró en sí mismo, y aquí está el resultado. Confiésele su amor; ofrézcase a esa mujer. Pues si no le muestra lo que verdaderamente está experimentando, continuará apropiándose de lo que debe entregar… Aún cuando todos afuera sepan que la ama, todavía ella no lo sabe, usted no se la dicho. Y precisamente, la fuerza que le recorre hoy el cuerpo, el amor que lo atormenta, lleva el nombre de esa mujer. Ella es la destinataria; no cualquier otra persona. Debe confesarle su cariño al único ser que debe escucharlo, ¿de qué sirve que grite por el mundo que ella es su universo, si justamente el universo que proclama no se entera? ¿Aún no ha tomado conciencia? Esa joya que tiene, todo ese tesoro, debe entregarlo. Para eso nació el amor dentro suyo, para entregárselo a ella; mas no para que se encierre en el solipsismo interior de su alma: hasta tanto no se lo diga, usted seguirá dando vueltas dentro de sí mismo, con un amor que no sabe a quién entregar”.
“Pero… sé que no va a querer tomarlo” se lamentó tristemente el convicto.
“Parafraseando a Kipling, ésa es otra historia. No confunda las cosas. Para salir del encierro de su corazón, su misión es dar lo que tiene dentro del mismo a la dueña del nombre del sentimiento que late al compás de sus propios latidos. No es usted destinatario del amor que siente, ¿porqué insiste en quedárselo?. Lo que ella haga con el amor que usted le confiesa, ya no es su problema”.
“No quiero sufrir” se lamentó el homicida. “Quizás es mejor que yo me arregle”.
El defensor hizo un gesto de reprobación. “El rechazo, la angustia, todo eso que teme enfrentar, es un sendero que lleva únicamente su nombre. Tiene que transitarlo solo, no llevando la confesión con el nombre de la mujer. Vayamos paso a paso… primero, quítese la cruz. El camino luego, será más liviano. No se pre-ocupe de algo de lo que tendrá que ocuparse en el futuro; ¿cómo caminar si aún no ha dejado esta prisión? ¿cómo angustiarse por un amor que aún, no ha sido no correspondido?”.
El defendido guardó silencio. La sangre había detenido su hemorragia, y ya no brotaba del corazón. Suspiró profundamente.
“Debo irme” dijo el defensor con una sonrisa. “Mi trabajo aquí ha terminado. ¿Un consejo? Recuerde siempre que usted es el imputado, usted es el fiscal, el juez y el defensor. Usted es quién juega todos los papeles; más aún, usted mismo es el director del juego. Y de usted depende también, encerrarse en este único juego, o abrirse a jugar más allá”.
La chicharra sonó y el defensor cruzó el umbral. El homicida se levantó, y mirándose al espejo, se quitó la venda y la gasa del pecho. El corazón ya no sangraba. Sin dolor, estaba listo para hacer su confesión.
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Notas
(*) Por El Canciller, año 2004. IMPORTANTE: leer esta aclaración luego de terminar la historia: el relato está basado en la personalización en los protagonistas de las tres instancias psíquicas del yo freudiano: el Yo (el preso), el Súper Yo (el abogado defensor) y el Ello (el instigador). Se considera vital esta información para comprender la naturaleza del relato.