Historia sin nombre de una clonación en el futuro
26 Septiembre, 2008
“Bajáte del jeep” ordenó el Primer Teniente al alférez. El subordinado hizo caso omiso del mandato, y aún con las manos esposadas continuó mirando la guantera del automóvil.
Sintió cómo una gota de sudor le recorría el rostro, poro por poro, hasta llegar al mentón y precipitarse en su falda. “Te dije que te bajes del jeep” insistió el Primer Teniente.
El alférez tragó un poco de saliva. Segundos después un violento golpe lo sacaría bruscamente del asiento, y sin posibilidad de equilibrarse por su condición de prisionero esposado, caería a la tierra impactando su rostro en el suelo haciéndole -literalmente- morder el polvo.
El Primer Teniente, si bien era un militar riguroso, jamás había tratado con tanta crudeza a un subordinado.
Se decía de él en las FF AA, que era uno de los mejores instructores y comandantes en vuelo; técnicamente correctísimo pero sin vocación. Había llegado hasta su posición a fuerza de autopdisciplina y propio control, probablemente matando en el pasado esa explosión de vida que todos tenemos en los primeros años de la adolescencia, consiguiendo así el autodominio necesario para hacer lo que se tenía que hacer en los momentos indicados.
Pero nunca ultrajó un soldado: los comentarios de cuartel daban testimonio de la exigencia bajo su mando mas también, del humanitario trato dispensado a los instruyendos y de la compasión; quizá dos características impropias de quien manda jóvenes pilotos a jugar en el aire con la muerte.
Apagó la marcha del jeep y miró el horizonte… el sol ya estaba anaranjado y a medio asomar en la tarde del caluroso viernes, y la sequía de los últimos meses había hecho del descampado árido algo poco menos que un desierto. Sin sacarse los lentes oscuros, miró al alférez intentando incorporarse en el suelo.
Lo detestaba.
Ni bien el muchacho se encorvó buscando erguirse, el Primer Teniente le asestó una profunda patada en el abdomen. El joven giró en el aire y cayó de espaldas casi sin poder respirar, apretando los dientes para aguantar el dolor.
Si había algo certero del Primer Teniente, aseguraban los que lo conocían en la intimidad, era su concepto dialéctico de autodisciplina y exigencia: podía ser el superior más condescendiente de toda la FF AA del Litoral, pero consigo mismo era muy riguroso. No se permitía faltar al deber jamás, y si alguna vez semejante cosa ocurría, el autojuicio al que se sometía era terrible. Poco le importaba dañarse a sí mismo en el proceso de expiación; mas nunca toleraba dañar a los otros.
Quizá por eso estaba siendo tan duro con el alférez… ¿cómo podía ser que debajo de ese rostro distinto, el rostro de otro, creado por la manipulación genética para encubrir el crimen, estuviera él mismo? “aberración de una ciencia médica mal empleada” se lamentó en su interior. Y frunciendo el seño pateó la columna del clon.
Retórciendose como una serpiente, el alférez se incorporó y se arrodilló. Tampoco le agradaba la idea de ser la copia de alguien; si bien los separaban 15 años de edad, y una infancia y una adolescencia completamente distintas, no podían dejar de sentir repulsión recíproca. ¿Efecto del saberse clonado, que generaba un conflicto psicológico en la personalidad no tolerando otro como uno, rechazo genético inmanente o simplemente estaban los dos siendo ellos mismos? no iba a haber oportunidad de saberlo.
El Primer Teniente desenfundó su arma reglamentaria.
Quitó el seguro.
Apoyó el cañón en la parte posterior de la cabeza del clon.
Con una mueca de odio indisimulable -total, qué importaba ya el respeto al superior- el clon cerró los ojos esperando la sentencia de muerte de una corte marcial cuyo juez era sí mismo. Fueron los segundos más largos de su vida.
“No te quiero volver a ver nunca más” le dijo el Primer Teniente guardando el arma. El clon suspiró y todavía con los ojos cerrados, sintió un ruido metálico a poca distancia, los pasos, la marcha del jeep y un rumor de motor a lo lejos.
Abrió los ojos y delante de sí vio brillar la llave de las esposas con lo último de sol que alumbrara ese día.