El decapitador

4 Noviembre, 2008

(1)

Un zumbido, como cuando se agita una vara en el aire, acompañó el movimiento circular de la katana, tan armónico, tan perfecto, tan sincronizado que casi parecía que la hoja de la espada y el cuello del soldado se habían puesto de acuerdo para ejecutar una coreografía.

La cabeza dio varios vueltas en el aire, y aún antes de caer y tocar el suelo, la katana ya estaba enfundada nuevamente. Algunos lo vieron simplemente como un asesinato; un asesinato entre muchos de esa batalla, injustificable como todos los demás que se producían alrededor sin distinción de justos y criminales.

Para el ejecutor, era una obra maestra en el constante e inacabado perfeccionamiento hacia el dominio del arte de matar.

Y en seguida ese instante en el que Kouki vio por primera vez cómo se quitaba una vida con elegancia, ese instante en el que todo se congeló y los ruidos se apagaron, fue arrebatado por el magma convulso de la guerra civil. Otra vez los gritos de terror, los llantos de desesperación, las risotadas obscenas de quienes se enrolan en el ejército para tener derecho a eliminar el impulso vital con impunidad, y tantas otras manifestaciones que acompañan la desgracia de un pueblo agitado que vive a diario con la guerra interna.

Mio buscó enloquecida a su pequeño hermano, sin éxito. En algún momento, cuando su madre le ordenó que se lo llevara por detrás de la casa a una zona tranquila de la montaña que a veces la familia visitaba para estar en paz, el niño le había soltado la mano. Casi ni podía pensar del nerviosismo, y quien la hubiera visto podía asegurar que parecía una princesita buscando su joya, totalmente abocada a su tarea, tanto que no prestó atención al soldado que venía cabalgando hacia ella desenfundando la katana. A fin de cuentas, era la hija de un agitador.

El caballo galopó a toda velocidad. Impasible, el soldado tenía la katana elevada. Se aproximaba. Calculó la distancia, el ritmo del animal, la posición de la niña; marcó el ángulo en forma imaginaria y sonrió. Era suya. Se aproximaba con un temple que ni la tormenta hubiera podido detener; pero sí el amor de un padre.

Mio levantó la vista justo para darse cuenta que ya su vida dependía de que el soldado acertara al momento de blandir la espada. Sus doce primaveras se estremecieron, el aliento se le cortó y ya su hermanito no fue la más inmediata preocupación. De hecho, la mente se le puso en blanco.

Por encima suyo, erguido en su metro ochenta y dos, Shin preparó el arco, dispuso la flecha y a menos de tres metros atravesó la nuez del soldado. El caballo cayó, reincorporándose rápidamente y huyendo. Qué fue del cuerpo del soldado, ni a Shin ni a Mio les importó. Alzó a la niña sin mediar palabra y preguntó: “¿dónde está tu hermano?” “Lo perdí, lo perdí, no lo encuentro”.

Una cuadra a la derecha de ellos, el pequeño Kouki lloraba y gritaba. Un anciano, terriblemente herido, trataba de protegerlo acercándolo a sí y manchándolo de su sangre; con más miedo que el propio niño tenía porque el viejo lo abrazara. Susurraba vaya uno a saber a qué deidad por protección propia y para el niño, hasta que una masa de un soldado impiadoso le destruyó la cabeza. Los llantos de Kouki fueron más agudos todavía, como dándose cuenta que el viejo realmente lo quería proteger y ahora ya no estaba.

Tuvo miedo, tuvo muchísimo miedo; devastador miedo adulto en un corazón de niño. El soldado revoleó la masa una vez más en el aire y riendo como si ejecutara una tarea de tortura en el Jigoku-dô, deseó asesinar al pequeñito Kouki con la masa, tal y como segundos antes había literalmente destrozado al pobre anciano.

Y justo en el último movimiento, la masa voló por el aire fuera de control, cayendo bien lejos del niño. Y otra vez Kouki vio la elegancia apoderarse de la vida, la destreza del Decapitador al separar una cabeza de su cuerpo, dejándolo obsoleto en apenas medio segundo. El jinete, todo vestido de negro y ocultando su rostro con una negra máscara que simulaba la cara de un demonio, enfundó otra vez la katana y agitando el paso de su corcel, extendió el brazo y puso a Kouki entre sí y las clinas del animal, sobre la montura. Asegurado, el pequeño ya no volvería a experimentar una nueva amenaza.