Seguramente recordarán una entrada pasada en la que desertaba totalmente de ejercer liberalmente la profesión. Permítaseme en la publicación de ésta alejarme del clásico estilo que ha empezado a gobernar el blog desde diciembre y retornar a la primera persona, que no volveré a abandonar en tanto las entradas refieran a mi vida personal.

Seguramente, decía, recordarán aquélla polémica entrada. Desde que dejé de lado el ejercicio liberal y por las razones apuntadas entonces, me gobernó un sentimiento de odio y asco por los practicantes de la profesión; los abogados, los picapleitos, o, como me honro en llamarlos, los hombres-cuervo.

Estos días y previa deserción de presentarme a un examen final, asumí hasta quebrarme que tengo un problema: luchan en mí el hombre-cuervo y el abogado. No estoy satisfecho ni feliz –nunca lo estuve, admito ahora– con haber desertado; pues aunque no lo quería creer, muy dentro mío siempre estuvo presente la esperanza de que algo me mostrara (quizás la vida misma) que estaba equivocado y que sí puedo ser abogado sin convertirme en hombre-cuervo.

O, dicho de otra manera, ser un abogado honorable y vivir de la profesión sin coimear jueces ni arreglar con el abogado de la contraparte.

Sin pensar todo el tiempo que lo que uno estudia y lo que sabe no es inútil, porque a veces es necesario un abogado que sepa porque el asunto no es –o no quiere hacerse– coimeable.

Sin incurrir en fraude y pagarle a los empleados que uno tiene.

Sin perseguirse y pensar que todo el mundo actúa por interés.

Sin, en fin, tomar como verdad absoluta –y he aquí la cosmovisión que me gobernaba (o gobierna)– que todo está tan inmundamente podrido que no tiene sentido, siquiera, ponerse a trabajar en lo que uno hace pues como nada puede cambiarse, es lo mismo limpiar baños, ser abogado, homeless o presidente de la nación.

Así me sentí: la idea de que nada puede hacerse, asesinó mis sueños, mis esperanzas, mis alegrías. Al punto tal que no puedo estudiar ni concentrarme, pues cuando me motivo con alguna materia o tema de ella, mi propia estructura psíquica se desdobla y es como si otro yo se apersonara delante de mí y me dijera: “pero, ¿qué estás haciendo? ¿no ves que es fútil estudiar esto? Si mañana te van a ganar coimeando… ¿te das cuenta que sos un imbécil (*) al pensar que sabiendo esto vas a ganarle al otro?” y entonces me iba a hacer otra cosa… total, si van a ganar el juicio coimeando, ¿de qué sirve que estudie?.

De qué sirve que sea abogado… si al final estoy en la misma limpiando un baño.

Confronten eso con la inmortal esperanza de que pueden ser buenos profesionales, y tendrán un problema. Mi problema. Mi batalla interna.

No puedo resolverlo solo. Apenas sé qué quiero… me siento infeliz por no poder sacarme de la mente la idea derrotista de que cualquier cosa da lo mismo pues la corrupción ha uniformizado todo, y me angustio por no poder cambiar esa forma de pensar. Y, a la vez, no quiero pensar así. Me estoy autodestruyendo. Todo me ha sido privado de sentido, he perdido voluntad, interés…

Todo cae por su propio peso… me equivoqué al cerrarme en una cosmovisión tan pesimista; y me cerré tanto que ahora ni yo mismo puedo salir.

Creo que he llegado a un límite, a una confrontación irreductible. Ésta, que hago pública, desde luego es tan solo una parte de la ecuación. Buscaré ayuda en la gente idónea, para descubrir dentro mío la respuesta. Pues soy consciente que yo, y solo yo la tengo.

Recen por mí.

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Notas

(*) Iba a tipear “boludo” pero sonaba demasiado agresivo conmigo mismo; aunque fuera el vocablo correcto.