Eso

22 Marzo, 2009

“Hasta mañana mi amor. Sos muy importante para mí y no quiero que nunca nada te pase” rezaba el mensaje de texto, mientras ponía la llave en la cerradura y accionando el mecanismo, abría la puerta del departamento.

Pero debía volver a salir. Había toda una hilera doble de sifones vacíos que dejar en el palier del edificio, para que en algunas pocas horas (menos de dos) hiciera lo propio quién corresponde.

Cansado, como todo el que vuelve a las seis de la mañana, rezongó un poco y tras cerrar el celular –“después le respondo” pensó– comenzó a sacar los sifones.

Si hay algo mágico de la noche en la ciudad, es que a diferencia del día puede contener tanto la paz como la agitación. De día, quizás no pueda encontrarse la paz o el silencio pues siempre, algo, está en actividad. Pero de noche, es más lo que reposa que lo que se mueve; cuanto menos, a los sentidos humanos.

Y el palier de un edificio reposa más de noche que de día.

Apenas si se sentían los ruidos al apoyarse los sifones en el suelo… y entonces, a cuatro o cinco sifones de terminar, la luz se apagó. Lógico, todas las luces de palieres de edificios tienen un reloj y permanecen encendidas apenas unos minutos. Extendió la mano para encenderla, pero se detuvo. Allá delante, a unos dos metros, el palier se curvaba continuando con el resto de la galería, donde estaban las puertas de los otros departamentos.

Una corriente de aire se extendió desde los ventiluces de las escaleras hasta el ventanal de su casa, y estando la puerta de ingreso abierta, nada la detuvo. Sopló y la cerró, bruscamente; y un ¡bum! representó para todos aquéllos que no lo vimos, el momento en que el palier quedó a oscuras y la puerta de madera, cerrada.

Casi no le importó. Aún en la oscuridad y sólo teniendo por guía los recuerdos de dónde estaban las cosas, fijó su vista en ese punto en el que –otra vez, según su memoria– estaba la curva del pasillo. Silencio. Ahora nada se movía. Sólo estaban él y la oscuridad. Él, la oscuridad, y lo que sea que estuviera ahí a la vuelta de la curva, imperceptible al ojo humano sumergido en la oscuridad. Lo sentía.

Sintió cómo se agitaba. De un momento a otro iba a ser atacado. Quizás había otros a sus espaldas; ahí, en la escalera que lleva al piso de arriba, y al no tener su atención focalizada en el punto donde se alojaban no podía saberlos presentes. Se alteró. Sí, podía haber más… pero eso estaba ahí, enfrente, esperándolo, amenazándolo. Maldita la hora en que se apagó la luz del palier, maldita la hora en que se quedó mirando en la oscuridad.

Miedo. Terror.

Lo único que tenía que hacer era abrir la puerta del departamento de nuevo. Del otro lado estaba la luz, también podía sentirla. Pero no; no, no… eso que estaba ahí –casi lo sentía respirar ahora– podría llegar a ser tan rápido que al menor movimiento de agarrar el picaporte, se le vendría encima.

Respiró profundo. Seguía con la vista fijada en donde creía estaba la curva. Sí, estaba observándolo ahora. El silencio y la oscuridad eran agobiantes, lo ahogaban. Y eso. Eso a la vuelta de la curva. Eso podía venir desde allí, desde donde no veía; porque –y entonces lo entendió– su seguridad, el saberse protegido, provenía de ver, de conocer.

Y de anticiparse al peligro.

Y sin mediar hesitación, lo hizo. Se arriesgó. Arriesgó todo. Su integridad y la posibilidad de que eso fuera real. Extendió la mano, apretando los dientes y con la respiración cortada, abrió la puerta.

La luz de adentro del departamento le dio algún radio de control… no llegaba a dar la vuelta a la curva, pero le bastaba. Eso no iba a atacarlo en la luz, pudiendo ser visto y asimilado. Sacó los demás sifones y cerró la puerta, rápido. Cerró con llave.

Por las dudas, puso la traba.