Ayuno (o de cómo un virus lo sacrifica a uno)
10 Mayo, 2009
Damas, caballeros, buenas noches (lo digo porque estoy escribiendo esto, en la noche; independientemente de cuándo lo lean. Ése no es mi problema).
Resulta que hace escasas dos entradas avisé que el estilo de primera persona iba a volver siempre y cuando se tratara en este espacio, de cuestiones estrictamente personales del autor.
Caramba: en la primera línea de esta entrada hay primera persona.
Se viene algo personal. Apaguen el celular, cierren la puerta, corten la música y respiren profundo, ingresando en ese estado meditativo budista llamado Nirvana. Se viene algo personal.
Ya de mejor humor, me encuentro transitando pacientemente el camino a mi recuperación neuroquímica y psicológica cuando de repente irrumpe en mi organismo, obviamente en forma muy descortés y sin pedirme permiso, un virus que se aloja en el estómago –o en el intestino, no lo tengo claro. Grueso o delgado, tampoco lo sé–. No, no es gripe porcina.
Pero me está matando. Mi tío, gastroenterólogo de renombre en la ciudad –sale en Google y todo– me diagnosticó “gastroenteritis viral”. En algún momento tuve contacto con una persona que la padecía o que tocó algún objeto o preparó comida que yo después toqué o comí, y ésta suerte de “gripe estomacal” se hizo el caldo gordo conmigo.
No ando con vómitos, pero voy al baño cada fracción de tiempo que es menor que el segundo inventado por el humano y mi dieta alimenticia se basa en pastillas, agua, arroz hervido, pastillas, pastillas, y pastillas. Desde el viernes, aclaro, por si todavía no sintieron compasión.
Pero lo central de esta entrada, como le dicen en WordPress, es que me veo obligado a cargar con un ayuno involuntario que me está devastando psicológicamente. Les quería contar, nada más; por si alguien se apiada y funda una ONG contra la gripe estomacal del Canciller, así como las hay contra el cáncer de próstata, la hambruna, la corrupción y otros males equiparables a mis dolencias personales.
Mas retomando la cuestión del daño psicológico, y quienes me conocen lo saben, no se imaginan cuánto está sufriendo este ídolo el no tener la libertad para degustar manjares y saborear elíxires. Amo la libertad, y es frustrante no poder ejercerla y asumirla gastronómicamente so pena de hagan click aquí, debiendo privarse de los bizcochos con chicharrón, los lomos a la pimienta, los tallarines con salsa bolognesa, el vino, la cerveza… el vino, la cerveza; en fin. El alcohol.
Ya a esta altura decidí tomarlo como algo religioso y ofrecer mi sacrificio a mi Dios. De paso, pierdo algunos kilos; espero que no muchos pues no me gustaría ser confundido con un zombie y que me ajusticien en la vía pública (chiste para entendidos).