Mariela (*)

10 Abril, 2009

Un escalofrío le recorrió la espalda. Semidormido, se acurrucó con la campera negra de cuero. El pasillo blanco estaba quieto y callado, él era el único que estaba sentado ahí. El tercer piso no parecía el corredor de cuidados intensivos de un hospital; más bien se asemejaba a un colegio a las tres de la mañana.

Mientras trataba de dormirse, se le aparecían en la mente las imágenes del accidente, como en una diapositiva. Todo era tan claro… y a la vez incomprensible. Cuando llegó al lugar, su señora estaba en la calle, cubierta en sangre, y el auto destrozado. Maldecía una y otra vez esa mañana, cuando tuvo que salir más temprano para terminar un asunto pendiente en el trabajo. Si la jornada hubiera sido normal, él la habría llevado a la agencia, y esto no habría pasado.

Ahora Lorena estaba en cuidados intensivos, fuera de peligro; pero todavía su estado era grave. Afortunadamente la operación no demandó complicaciones, y él mismo le donó la sangre a su esposa. La familia insistió en que se fuera a casa, que estaba débil, pero él se negó; quiso quedarse en el hospital.

Quiso quedarse ahí, afuera de la habitación, esperando que Lorena despertara y todo volviera a ser como antes. Ahí, sentado en una de las sillas blancas del pasillo. Blancas. Blancas como todo el corredor. Todo era blanco. Blanco y monótono. E inmutable.

Mientras volvía a acurrucarse, el ruido del ascensor quebró el silencio y lo sacó del sueño. Abrió los ojos y se compuso. Se refregó la cara y bostezó. Instintivamente se fijó la hora: 1:43 de la mañana.

El ascensor estaba en el piso, con las puertas abiertas. Había una nena parada, mirando el pasillo. Quizás le pareció, pero creyó que la nenita estaba buscando algo. Se quedó ahí durante unos instantes; y pensó: “A lo mejor está perdida. La voy a ayudar”. Se paró y fue hasta el ascensor.

Se agachó al lado de la chiquita. Tenía ojos azules. Unos hermosos ojos azules. Pero había algo extraño en la mirada. Era una mirada vacía, perdida y triste. Él la tomó de la mano y le acarició una mejilla. La nena quiso sonreír, pero por alguna razón no pudo. Entonces le preguntó: “¿Qué pasa, mi amor? ¿Te perdiste?” “No encuentro a mi mamá” replicó ella. Miró para atrás, al pasillo, donde estaba la silla blanca. Miró a la nena y le dijo: “Quedáte tranquila, yo te voy a ayudar a encontrarla”. Se acomodó la campera y presionó el botón del ascensor para bajar a la recepción del hospital.

Mientras el ascensor bajaba, sintió algo que ya había sentido antes, pero esta vez con mayor intensidad: el escalofrío en la espalda. Y notó que la mano de la nena estaba fría. Muy fría, helada. Pero no estaba desabrigada. “¿Te pasa algo, te sentís bien?” preguntó. Ella contestó que sí. “Pero tenés la mano congelada”. Esta vez, la nenita no dijo nada.

Otra vez el escalofrío. Ahora la temperatura bajaba en todo el ascensor. Le pareció muy raro, incluso le dio un poco de miedo. Después de unos segundos, las puertas por fin se abrieron, y llegaron a la recepción. También ese lugar estaba tranquilo. Salió del ascensor y se acercó hasta la enfermera que estaba atendiendo. “Perdón, buenas noches” le dijo a la joven. La chica asintió. “Yo estaba en el tercer piso, sentado en el pasillo, y una nena subió buscando a la mamá. ¿No sabe si hubo algún ingreso, porque…” “Esta bien, no se preocupe” interrumpió la enfermera. “Dígame el nombre y el apellido de la nena y me fijo si hay alguien que coincida o si alguna persona la está buscando”. “¿Cómo te llamás, mi am…” y la voz se le entrecortó. En ese momento se dio cuenta que la nena ya no estaba agarrada de la mano, ya no la tenía con él. Miró para el ascensor, a los alrededores, para todos lados. Pero la nena no estaba. La enfermera, él, y varias personas de seguridad la buscaron durante la noche por el hospital, pero no pudieron encontrarla.

Nunca se pudo explicar lo que pasó, pero mientras estaba con su señora en el hospital, escuchó que hace algunos años, en ese centro de emergencias, en la madrugada de un viernes, ingresó a terapia intensiva una mujer joven, con heridas muy profundas y mucha sangre perdida. Había tenido un accidente de tránsito muy grave; el auto había quedado destrozado. En la ambulancia también venía la hija de la mujer, Mariela, una nenita de 6 ó 7 años. Cuando ingresaron a la madre, Mariela se perdió, e intentó buscar a su mamá en el hospital. Pero cuando tomó el ascensor para subir al tercer piso, algo salió mal: antes de abrir las puertas, el ascensor se descompuso y cayó violentamente hacia el fondo, matando a la nena.

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Notas

(*) Con el título de “El ascensor”, el cuento de Mariela ganó el 1er. premio del certamen literario “Primavera de la palabra” en la categoría de cuento, a cargo del Liceo Aeronaútico Militar de Funes, el 27 de octubre de 2000.