Ya la conozco (mi muerte)

26 septiembre, 2011

¿Le tenés miedo a la muerte? Yo solía tenerlo.

Las más de las veces lo enmascaramos con el miedo a una enfermedad, a un accidente; a una desgracia, en definitiva.

Tenía miedo a algunas enfermedades… cáncer, sida; a las más letales. No pensaba en cómo contraerlas, o si era probable, simplemente sentía miedo. Por eso concluí que ese miedo tan innato, tan básico, era a la muerte.

Pero ya llevo más de ocho años sin miedo a la muerte. Porque la he visto.

El miedo a morir es, ante todo, miedo a lo desconocido; miedo a no saber qué va a pasar y cómo vamos a terminar. Pensálo, pensálo y confesáte si no tenés más miedo a responder esas preguntas que a la muerte misma.

La muerte es solo una forma de definir un tránsito; un tránsito a la nada o al todo, dependiendo de lo que creamos. Hemos escogido esa palabra para significar un camino cuyo término es la inexistencia o la existencia plena.

Y aún así, le tenemos más miedo a la palabra que a lo que ella significa. Pero yo no le tengo miedo a la muerte, y voy a contarte por qué.

Cierto día desperté y ya no tuve más temor a morir, no tuve más temor al tránsito. Porque vi el camino: era un jueves a la tarde, primaveral. De esas tardes que llevás el saco al hombro, la camisa puesta y la corbata aflojada. Salía de mi estudio tratando de dejar atrás un par de casos pesados que me estaban ocupando la semana. Quería llegar a casa y desvestirme, darme una ducha y descansar. Promediaba el lustro entre los 65 y los 70 años, el pelo estaba blanco, no vestía barba y la barriga ya no se iría por más dieta que hiciera.

Me subí al auto y no sé por qué me acordé de mi mujer. Había muerto de una enfermedad terminal dos años antes. Sentí eso. Pero no sufrió, todo se precipitó y en un mes dejó esta vida. Mis hijos, creo que un varón y una nena, ya estaban casados; uno me había dado nietitos. Puse en marcha el auto.

A mitad de camino, el semáforo dio luz verde. Aceleré. El siguiente dio luz roja, pero… no pude frenar. Traté una y otra vez, pero no pude. Simplemente el freno no funcionó. Lo pisé hasta el final, sujetando el volante y tensionando mis brazos, haciendo todo lo físicamente posible por detener una máquina que no estaba destinada a detenerse. Entonces lo supe: no iba a volver a mi casa. Esa tarde, inesperadamente, cuando hacía años ya no pensaba en la muerte, me alcanzó.

Lo último que recuerdo fue eso: la tensión del volante, pisando el freno. Algo impactó, probablemente un auto, no sé de qué lado. Debió ser un auto, por supuesto.

Desperté. Estaba en mi cama, ya daba el sol. Como cualquier otro día, me vestí, desayuné y me fui. No tomé conciencia en ese entonces, pero meses después caí en la cuenta que ya ninguna enfermedad me asustaba. Tampoco que me robaran y en el trance del atraco, me mataran. Mucho menos que tuviera un infarto o algo similar.

No fue un sueño, fue una muestra… un vistazo a mi tránsito. A mi muerte.

Ya la conozco. ¿Vos le tenés miedo? Yo solía tenerlo.

 [Septiembre tanático. Capítulo 2]

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.